Nadie se acuerda de lo que hiciste.
A finales del año pasado pensé que no había hecho nada. Nada que recordase, quiero decir. Era como si en un pestañeo ya se hubiese ido el año.
Entonces abrí la galería del móvil y empecé a tirar hacia atrás.
Encontré un viaje que recordaba de pasada. Una cena con gente que hacía meses no veía. Cosas que sí habían pasado, pero que se habían caído por un agujero de mi mente en algún momento entre enero y diciembre.
Realmente había vivido el año. Solo que no me acordaba de mucho.
Y eso me molestó. Lo suficiente como para montar un documento. Lo llamé «Highlights».
Desde ese momento empecé a apuntar una línea por cada cosa que merece quedar registrada, con su fecha al lado. Un viaje. Algo que conseguí y que ya se me había ido de la cabeza. Lo que fuese.
No es un diario. Solo dejo constancia de que ocurrió, con la fecha, para que dentro de unos meses yo mismo no pueda negarlo.
En diciembre lo revisaré entero. Pero de momento la sensación es rara, porque de pronto el año pesa y se hace mucho más tangible.
Porque hace unos meses empecé a hacer lo mismo con el trabajo.
Fui apuntando todo lo que iba consiguiendo y que, si no lo escribía, sabía que se iba a evaporar igual que los viajes.
La aplicación interna que monté de cero. El problema gordo que llevaba semanas atascando al equipo y que terminé desenredando yo. La métrica que moví. Los sprints en los que quedé el primero del equipo.
Cosas que mientras las haces te parecen el día a día, y que tres meses después dudas de si lo habías conseguido tú u otra persona.
Y resulta que esto, que yo había improvisado, tiene nombre.
Se llama Brag Document. Lo popularizó Julia Evans, una de esas programadoras con un blog (como yo ahora mismo eheheh). El suyo es jvns.ca, y tiene un post de 2019 sobre esto: «Get your work recognized: write a brag document».
Su idea es la que yo había pensado: nadie se acuerda de lo que hiciste. Ni tu jefe, ni tu equipo, ni tú.
Tu manager no tiene un registro de tu año. Tiene un recuerdo, y el recuerdo se llena con lo último que pasó (y con lo que más ruido hizo). Sin embargo, ese refactor silencioso de marzo que evitó tres incidentes no hace ruido. Por definición, lo que previenes no se ve.
Así que cuando llega la revisión, la conversación no la lleva quien mejor trabajó. La lleva quien mejor se acuerda de lo que trabajó.
De hecho, está medido. En ese estudio del Journal of Applied Psychology con más de dos mil managers, casi dos tercios de la nota de una evaluación (un 62%) dependían de quién evaluaba y de cómo puntuaba esa persona. De lo que tú habías hecho de verdad, un 21%.
Yo me di cuenta de esto hace poco, y menos mal que tenía ese documento.
Porque hace unas semanas entré en el proceso para ascender a senior 1: hay que entregar un documento que demuestre una serie de hitos. Todavía no sé si me ascienden, pero el mío ya está entregado.
Y cuando me senté a preparar el caso, no tuve que reconstruir nada. Estaba todo en el Highlights del trabajo, con su fecha y su ejemplo.
Pude pedir el ascenso con hechos. No con un «creo que he aportado bastante este año», que es lo que sale cuando no tienes nada apuntado y te toca rellenar el hueco con sensaciones y recuerdos vagos.
Piensa siempre que quien decide sobre tu ascenso no estuvo contigo el día que arreglaste aquello. No vio las horas. Lo único que puede evaluar es lo que le pones delante. Y si tú no se lo pones, alguien que sí lleva su lista se lo pondrá por ti. O lo harán los recuerdos vagos de quien te evalúa.
Esa es la parte fea de todo esto.
Suena a postureo, a venderte, a llevar la cuenta como quien guarda tickets para pedir el reembolso después (si eres autónomo me entenderás ☠️).
A mí también se me hizo extraño al principio. Después entendí que el postureo es justo lo contrario: presentarte a una revisión a vender humo porque no recuerdas cosas concretas. Cuando tienes la fecha y el dato, no te vendes: enseñas lo que pasó. Decides hablar el idioma de los hechos.
Si esto del registro personal te da pereza, sáltatelo. A mí me encanta tener el registro del año en texto, pero entiendo que no es para todos.
El del trabajo es otra cosa. Ese te diría que lo empieces hoy, aunque acabes de entrar en la empresa esta semana. Sobre todo si acabas de entrar.
Porque el problema de montarlo el día antes de la revisión es que para entonces ya has olvidado casi todo. Lo que recuperas a la carrera son cuatro titulares sin fecha y sin contexto. Lo bueno, lo que de verdad importaba, se quedó por el camino.
Además, tiene otro beneficio que no me esperaba. Los días en los que tienes la sensación de no avanzar, de que el siguiente nivel te queda grande, abres el documento y te das cuenta de todo lo que has conseguido. Una lista de cosas que en su momento te parecían complicadas y que ahora no son más que un checkbox conseguido.
Y eso no es motivación barata. Son hechos: ya pudiste antes, varias veces, y está escrito.
delante de tu propio registro.
Mi plan de esta semana es seguir alimentándolo, porque el proceso de ascenso no se ha cerrado y cada conversación deja una línea nueva.
Si nunca has llevado uno, abre un documento en blanco esta tarde. Ponle la fecha de hoy. Escribe la última cosa de la que te sentiste orgulloso en el trabajo, esa que ya casi se te había olvidado.
Esa primera línea es la más difícil. El resto del año se apunta solo.
Tres apuntes de la semana
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Y tú, ¿llevas un registro de lo que haces?
O dime cuál fue la última cosa buena que hiciste y que ya casi se te había olvidado. Respóndeme y me lo cuentas. Leo todo, aunque a veces tarde un poco en contestar.
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